Un hondureño adulto tiene hoy más probabilidades de llevar en el bolsillo un teléfono con aplicaciones móviles, que de tener una cuenta bancaria a su nombre. Siete de cada diez celulares del país navegan por internet, pero apenas cuatro de cada diez adultos poseen una cuenta financiera formal.

Esa distancia, entre la tecnología que ya llegó a las manos de las personas y la confianza que todavía no termina de instalarse en el sistema financiero, es la historia que atraviesa, en pleno 2026, la transformación bancaria nacional.

Diferentes sectores en Honduras, ya impulsan la infraestructura digital del futuro, pero necesitan de la confianza plena de los hondureños y del conocimiento de estos, para que esa red financiera funcione totalmente. Por eso le importa tanto a la vendedora de baleadas del mercado como al inversionista que observa desde fuera, si Honduras está lista para su próxima etapa financiera.

Un sistema que crece por todos lados

Los números del Reporte de Inclusión Financiera de la Comisión Nacional de Bancos y Seguros (CNBS), describen un sistema en expansión sostenida. El país cerró a marzo de 2026 con 84 instituciones financieras supervisadas, y más de 21,600 puntos de contacto con el cliente, una cifra que crece a un ritmo anual promedio de 24% en los últimos años. El motor no son las agencias tradicionales, que en 2024 se redujeron levemente, sino los agentes corresponsales, que sumaron 3,753 puntos nuevos (+28.2%) y llevaron servicios financieros a pulperías, farmacias y tiendas de barrio donde antes no existía ninguna opción bancaria. A ellos se suman 2,068 cajeros automáticos (+9.4%) y 102,485 datáfonos (POS) (+11.1%), un termómetro directo de la formalización del pequeño comercio.

Detrás de esos puntos físicos hay 14.6 millones de cuentas registradas, de las cuales el 77.6% pertenece a instituciones supervisadas por la CNBS y el resto a cooperativas. Pero el dato revela también una fisura: solo 63.2% de esas cuentas están activas. Casi cuatro de cada diez permanecen dormidas, síntoma de que abrir una cuenta y usarla con regularidad son todavía dos fenómenos distintos en Honduras.

La transformación digital, un motor sin freno

Donde el cambio se siente con más fuerza es en los canales digitales. Más del 90% de las instituciones supervisadas de mayor tamaño ya operan con al menos tres canales digitales activos (aplicaciones móviles, chatbots transaccionales, autenticación biométrica) y bancos como Atlántida acaban de renovar su banca en línea.

“Escuchamos a nuestros clientes y en base a ello es que se dieron estos cambios, con un enfoque de experiencia al usuario”, explica Claudia Pagoaga, subgerente de formación de Banco Atlántida, cuya institución lidera la captación de ahorro del país.

En Grupo Ficohsa, el gerente de banca empresarial, Marco Pérez describe una apuesta similar hacia las empresas: “Lo que se viene es un crecimiento tecnológico, una disrupción completa”, dice, al detallar nuevas soluciones de comercio exterior, leasing y factoring para que el empresariado “no vea pasar el cambio” sino que “sea protagonista” de él.

Ese impulso no es exclusivo de la banca comercial. En las cooperativas de ahorro y crédito, que agrupan a 89 entidades supervisadas por el Consejo Nacional Supervisor de Cooperativas (CONSUCOOP), el mismo proceso avanza con otro ritmo. Marbin Espinal, gerente general de Cooperativa CACEINTOL, resume el momento: “El futuro, a eso vamos… la pandemia nos dejó esto: que teníamos que actualizarnos a la era digital”. Su cooperativa invierte en mejoras para desarrollar novedades en una app móvil para transferencias interbancarias y calcula que en unos cinco años el sistema podría operar de forma “totalmente digitalizada”.

El ecosistema Fintech confirma esa proyección. Según el Hub de Innovación Financiera de la CNBS, ya operan 48 empresas de este tipo en el país (más del doble que en 2019), concentradas mayoritariamente en pagos y transferencias.

“Las oportunidades en Honduras son interminables”, afirma Erica Jensen, directora ejecutiva de la Asociación Fintech de Honduras, que agrupa a 46 empresas (y dos más en proceso). Para ella, la versatilidad de la tecnología permite llevar servicios financieros a cualquier rincón sin construir una sucursal física, un valor especial en un país de alta ruralidad y orografía montañosa.

La regulación: El arbitro que también se moderniza

Ninguna de estas innovaciones ocurre en un vacío legal. La Ley del Sistema Financiero de 2004 reconoce el valor jurídico de la firma electrónica, y desde 2016 el Banco Central de Honduras (BCH), regula a las Instituciones no Bancarias de Dinero Electrónico (INDEL), mientras la CNBS supervisa su cumplimiento.

La Estrategia Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) 2025-2030 organiza ese esfuerzo en seis pilares: marco regulatorio, digitalización, finanzas verdes, educación financiera, equidad de género y protección al usuario.

Dentro de la CNBS, el Departamento de Competencia e Innovación Financiera (creado hace unos par de años, sintetiza esta vocación. “Todos aspiramos a tener un sistema financiero cada vez más eficiente, cada vez más digital, cada vez más incluyente”, dice su jefe, José Rolando Vega, quien reconoce el surgimiento de actores no tradicionales —Fintech, proveedores de dinero electrónico, servicios de criptoactivos— bajo monitoreo constante de la Comisión.

El superintendente de Bancos, Omar Colindres, resume el reto en términos de equilibrio: “Tenemos que guardar un equilibrio entre lo prudencial y evitar que las personas sean atacadas mediante esquemas fraudulentos… pero también promover el uso de estas iniciativas para la inclusión financiera”. Esa cautela explica por qué la CNBS aún no emite una ley Fintech integral: prefiere esperar a que cada segmento alcance un tamaño que justifique regulación proporcional, evitando el riesgo, documentado en la experiencia internacional, de sofocar con normas prematuras a una industria naciente.

Los riesgos que viajan a la misma velocidad que la innovación

Cada nuevo canal digital abre, también, una puerta para el fraude. Carlos Funes, jefe del Departamento de Riesgo Cibernético de la CNBS, identifica el phishing como la principal amenaza: bandas organizadas que roban contraseñas mediante ingeniería social.

Los datos de 2024 cuentan, sin embargo, una historia de contención: los reclamos por phishing ante la CNBS cayeron 71.9% (de 317 a 89 casos) y el total de quejas ante el regulador bajó 29.1%. Aun así, tarjetas (44.4%), préstamos (19.4%) y phishing (18.5%) siguen concentrando ocho de cada diez reclamos, y las quejas ante las propias instituciones subieron 5.3%, empujadas por un salto de 100.7% en casos ligados a préstamos.

La recomendación de Funes es clara: “Nunca compartir su información confidencial, un banco nunca le va a solicitar esa información”, casi la misma advertencia que emite Colindres desde la Superintendencia.

En el Congreso siguen pendientes una Ley de Estrategia Nacional de Ciberseguridad y una Ley de Protección de Datos, señaladas por los propios reguladores como piezas necesarias para blindar al usuario del futuro.

 

La paradoja de la billetera electrónica

Si hay un dato que desafía el relato de un avance imparable, es el de las billeteras electrónicas. Al cierre de 2024 existían 425,870, una caída de casi 10% respecto al año anterior y muy lejos de los 1.3 millones que llegó a haber durante la pandemia.

Lo revelador es que, mientras el número de billeteras se desplomaba, el saldo total depositado se mantuvo casi constante, de L74.2 a L72.7 millones, lo que sugiere que buena parte de las cuentas cerradas estaban, en realidad, inactivas. Detrás de la caída hay una decisión regulatoria concreta: en 2023 se exigió verificar presencialmente la titularidad de estas cuentas y, al vencer el plazo, la CNBS ordenó el cierre de las que no cumplieron.

Alrededor del 2.7% de la población adulta usa billeteras electrónicas hoy, con una brecha de género: 3.9% de los hombres frente a 1.8% de las mujeres, que se repite, más leve, en el acceso a cuentas tradicionales: 44.0% hombres, 36.2% mujeres. La falta de interoperabilidad entre estas billeteras y la banca tradicional, que los propios reguladores reconocen, limita su capacidad de convertirse en puerta de entrada masiva al sistema.

La comparación internacional es reveladora. Lesoto, un país más pequeño que Honduras, pero con retos geográficos similares, alcanza el 87% de inclusión financiera por haber apostado, desde hace más de una década, por el dinero móvil como eje de su estrategia.

Paraguay, con ruralidad comparable, llegó al 54% de tenencia de cuentas tras exigir por ley la interoperabilidad entre todos los actores del sistema de pagos. Honduras registra apenas 1.5 transacciones per cápita en billeteras al año, frente a las 37.1 de Lesoto: una diferencia que no responde a falta de tecnología, sino a decisiones regulatorias y de mercado aún sin conectar.

 

La confianza: El verdadero terreno en disputa

Ningún indicador explica mejor el momento actual que las voces de quienes usan el sistema todos los días. En el Mercado Los Dolores de Tegucigalpa, doña Lourdes, propietaria de un negocio de baleadas, recibe pagos por transferencia desde hace cuatro años, pero es tajante: “Yo prefiero hacerlo personal”.

A pocos metros, Angie Godoy, de 30 años, cuenta lo opuesto: “La aplicación es súper fácil de usar” y no ha tenido “ninguna” dificultad con el sistema.

Francisco Ayala, jubilado de Siguatepeque que ya no maneja efectivo, resume el dilema: “El que no usa la Inteligencia Artificial, la Inteligencia Artificial lo va a sacar del sistema… tenemos que ser parte del sistema por fuerza”. Su confianza, sin embargo, no es incondicional: la deposita en el banco que percibe “más sólido” y pide a las demás instituciones que “sean convincentes con lo que dicen y hacen”.

Esa tensión, entre comodidad tecnológica y necesidad de cercanía, también divide a quienes trabajan dentro del sistema. El gerente de Cooperativa CACEINTOL, Marbin Espinal lo describe como “un arma de doble filo”: las mismas herramientas que facilitan la vida al afiliado lo exponen a la ciberdelincuencia sin educación financiera adecuada.

Ahí aparece otra brecha estructural: solo 28.4% de los hombres y 18.2% de las mujeres se consideran financieramente educados, y entre quienes tienen cuenta, pero no usan banca digital, el 65.6% prefiere el trato personal y el 25.2% no sabe cómo funciona; el miedo al fraude, con 9.6%, pesa menos que el desconocimiento.

 

El futuro: Entre la paciencia y la urgencia

Para el presidente del Colegio de Economistas de Honduras, Juan Carlos Hernández, la intermediación financiera ya es “la actividad económica que está teniendo un mayor aporte” al crecimiento proyectado de 3.5% para 2026, aunque ese dinamismo debería orientarse más al crédito productivo y menos al consumo.

 

El empresario Rubén Darío Sorto va más allá: sostiene que las reservas internacionales están en un récord histórico y que el próximo salto económico depende de una reforma educativa “de una generación, no de una administración”, capaz de formar el capital humano que la innovación demanda.

Desde la Asociación Fintech, Erica Jensen coincide en que Honduras “no está en la misma posición que Costa Rica, Guatemala o Colombia”, pero insiste en que es “la naturaleza del país” en transición, no una condena permanente: los reguladores, dice, “están conscientes” y ya actualizan un marco legal construido en los años ochenta, antes de que existiera la palabra Fintech.

 

 

Lo que está en juego

La transformación del sistema financiero hondureño no se decide en un solo lugar. Ocurre en la sala de innovación de la CNBS que diseña regulación proporcional para no ahogar lo que apenas nace; ocurre en la cooperativa que capacita a quien pide un crédito; ocurre en la cocina donde se prepara una baleada donde una transferencia de 17 lempiras reemplaza al efectivo por miedo a la delincuencia callejera, y ocurre, sobre todo, en la decisión íntima de millones de hondureños de confiar, o no, una parte de su vida económica a través de una pantalla.

Los datos muestran un sistema que ya construyó parte de la infraestructura tecnológica para dar el salto: más agentes, más cajeros, más aplicaciones, más empresas Fintech que nunca. Lo que todavía falta no es tecnología, sino el puente de confianza y educación financiera que convierta el acceso en uso, y el uso en inclusión real.

Ese puente es la verdadera obra pendiente de la banca hondureña, y de su solidez dependerá que la próxima década sea recordada como la del salto definitivo hacia un sistema financiero más digital, más seguro y, finalmente, más confiable para todos.

Por: Edwin A. Gómez